He empezado a desarrollar la idea de que la nueva complejidad se encuentra en
la superficie, entendida como interfaz. Las “superficies” funcionan como
plataformas de conexión y negociación entre personas y organizaciones, tal como
proponía en La
empresa como interfaz yDe la
superficie a la interfaz: de la superficialidad a la
complejidad. Sorprendentemente, esta hipótesis, aunque
expresada de maneras muy diferentes (y en muchas ocasiones en términos
negativos), aparece recurrentemente. Existen dos posturas claramente encontradas
representativas de dos formas de vivir la cultura digital. Simplificando,
probablemente hasta la caricaturización, nos encontramos a los apocalípticos,
preocupados por la pérdida de algunos de los valores que son esenciales para
nuestra sociedad y cultura, y los optimistas, que defienden las nuevas
oportunidades para la creación colaborativa y la libertad individual. En
realidad un viejo debate que siempre regresa, ahora revestido de tecnología.
Aquí tenemos un buen ejemplo en tres actos. Son tres artículos aparecidos en
prensa en las últimas semanas. En ninguno de ellos, la superficialidad o las
interfaces eran los temas principales, pero afloran de una u otra forma como
preocupación casi esencial:
1. Entrevista
a Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina
Sofía (MNCARS), en ABCD. Se
lamenta del oscurantismo al que nos aboca la pseudo-felicidad en que vivimos la
superficialidad provocada por las tecnologías digitales. La ausencia de
jerarquías implícita en Internet (que identifica con Google) se dibuja
como causa última de estos males.
… me da la impresión de que estamos yendo
a una nueva Edad Media.¿Por qué?
Primero, porque está desapareciendo la
memoria. Con el Google sin ir más lejos. Cuando ves a los niños y a los jóvenes,
no hacen ejercicios de memoria, sino un «cortar y pegar». La memoria de los
historiadores implica siempre una jerarquía, porque significa que siempre hay un
hecho más importante. El Google es la «no jerarquía». Y esta falta de memoria se
parece a la que hubo en la Edad Media, donde los monjes se dedicaban a recordar,
a preservar el conocimiento. Ahora ocurre de otro modo, con una revolución
tecnológica.Pero la Edad Media implicó también
oscurantismo, da un poco de pavor todo esto que
describe.Sí, hay muchos modos de oscurantismo, como
esta especie de pseudo-felicidad, de superficialidad. Creo que en este contexto,
el museo -o la cultura en general- debe hacer un doble esfuerzo: por la
paradoja, que es esto que nos descoloca, y por la voluntad de memoria.
Obviamente, una memoria que es imposible porque no podemos volver atrás, está
claro, no puede ser una memoria lineal sino que es una memoria hecha de
«micronarraciones». La memoria del relato, del orador de la Edad Media. Lo
explico de otro modo, porque si no, parece muy mesiánico: parece que se abre una
puerta que no sabemos hacia dónde va en un periodo que da síntomas de que se
está acabando. Creo que una responsabilidad que tienen los intelectuales, sean
periodistas, profesores o los propios museos, es apuntar hacia ciertas
direcciones.
En el caso de Borja-Villel, parece vivir una experiencia contradictoria por
que en paralelo a sus críticas a esta nueva realidad, en la misma entrevista se
define como un disc-jockey por su trabajo de gestión y comisariado, lo
que recuerda enormemente al concepto de comisarios
digitales y al modelo de gestión de organizaciones
de “código abierto”, dos elementos clave de la cultura digital.
2. Artículo en ABCD de Fernando Castro Flórez,
Autorretratos
y colegas, sobre la recién inaugurada exposición De
donde no se vuelve de Alberto
García-Alix en el MNCARS. La piel funciona como un archivo vital y es el
interfaz que comunica esta experiencia a los demás gracias a la fotografía:
… En la piel, en la superficie fotográfica están sedimentados los amores,
las separaciones, las resacas monumentales e incluso las heridas. La aventura
mortal se proyecta como aventura estética. La ambigüedad del viaje hace que sea
al mismo tiempo el aventurero alguien proyectado en el futuro, radicalmente
ahistórico, y, por ello, como ejemplifica a la perfección García-Alix, una
criatura del presente.
3. Entrevista
en El País a la cantante y compositora brasileña Adriana Calcanhotto, con una
visión mucho más pragmática, optimista y, en mi opinión, realista de la
emergente ausencia de jerarquías:
En la música brasileña se está produciendo un tránsito libre entre
estilos, y ya no hay movimientos como la bossa nova o el tropicalismo. “Me
parece muy bueno que sea así. Por los medios de producción, al poder hacer tu
disco en tu ordenador portátil en casa, las personas trabajan más aisladas”,
dice. “Hace unos años yo recibía material de compositores y cantantes en el que
veías muy nítidamente las influencias. Ya no. Hoy los músicos jóvenes quieren
ser ellos mismos. Creo que este cambio tan rápido tiene mucho que ver con
Internet. La gente ahora escucha lo que quiere”.