Existen dos clases de ingenuos. Los primeros creen poder resolver el problema antes de comprenderlo. En ocasiones, incluso, el problema no existe, pero ellos no se detienen en esos detalles que los apartarían de las que piensan son sus brillantes y perfectas ideas.

Los segundos han pensado profunda y críticamente, han aceptado la complejidad y conocen sus propias limitaciones. No tienen soluciones completas ni certidumbres pero si una estrategia. Deciden ser ingenuos como opción de vida, conscientes de sus restricciones pero comprendiendo al tiempo que la vida solo merece la pena si se vive intensamente, luchando por aquello en que creen.

Los segundos rara vez logran sus objetivos, pero su esfuerzo colectivo acaba por cambiar el mundo.

Entre ambos se colocan los que se hacen llamar realistas y que a veces se conocen también como pesimistas. Entre ellos surgen en ocasiones los hipócritas y cínicos. Todos están demasiado preocupados por su verdad y estatus como para dejar que la ingenuidad les contamine.